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Mostrando las entradas etiquetadas como mexica

Un conejo en la luna

Tras la muerte de Mayahuel, mi alma no encontraba consuelo en ninguna parte, así que decidí vagar por el Anáhuac hasta agotar mis energías. Consciente de que mi travesía no enfrentaría dificultad alguna si viajaba en mi forma de serpiente emplumada, cobré forma humana y emprendí la marcha sin siquiera pensar en regresar. Dejé atrás Tollan y sus coloridos templos. Hice oídos sordos a las plegarias y rezos que se alzaban en mi nombre. Avancé con la mirada bien fija en el frente y prometí nunca más mirar atrás. Caminé durante mil días con sus noches, siempre guardando un estricto ayuno que me permitiera revivir una y otra vez la tristeza por la injusta perdida de mi amada estrella. Sin importar si un río o un lago se dejaban ver en mi camino, me negaba a beber de sus aguas y continuaba mi avance ignorando la creciente sed que se apoderaba de mis entrañas. Debía sufrir. Tenía que sufrir… solo así podría honrar a mi amada, la que fue arrancada de mis brazos para ser luego ser a...

La Garza y el Águila

El viento silbó con furia sobre la cabeza de Ilhuitemoc, arrancando de paso un par de plumas de garza de su elaborado tocado. Ansioso por devolver el golpe, el campeón texcalteca bajó su defensa por un segundo, y balanceó la espada maqahuitl frente a su adversario intentando intimidarlo. Pero no funcionó, y en lugar de acometer con un contraataque efectivo, recibió un golpe de escudo en el rostro que lo dejó severamente aturdido. Dio un par de pasos hacia atrás y meneó la cabeza rápidamente para recuperarse del impacto. No podía volver a distraerse. No ahora. No contra un rival tan exageradamente peligroso… Su contrincante era Tlecoatl, el más sanguinario en la orden de los campeones águila del imperio Mexica. Se decía incluso que era el favorito del Venerado Orador Ahuizotl, y que por tal motivo se le había prometido elevarlo al rango de Cuauhchique al término de esta “guerra florida”. Claro, siempre y cuando capturara vivo al más peligroso de los campeones texcaltecas. ...

El primer vuelo del colibrí

—Coatepec, hace ya mucho tiempo— –Voy a preguntártelo por última vez: ¿Quién es el padre del hijo que estás cargando y en vano tratas de ocultar? – dijo la mujer de cabello largo que lideraba al grupo de fieros guerreros. –No sé de qué hablas, Coyol, yo no tengo idea de lo que… –¡¡NO MIENTAS! – gruñó la mujer, golpeando la tierra con el pie derecho, con tal fuerza que, inmediatamente después, una enorme grieta apareció en el suelo. Coatlicue dio un par de pasos hacia atrás intentado separarse de su amenazadora hija, pero apenas se alejó un poco, chocó contra el escudo de plumas de uno de sus vástagos. Miró a la derecha y se vio cercada por otros tres de ellos. Observó de reojo a la izquierda y la situación no era diferente; cuatro de sus otrora amados centzonhuiznahua , las estrellas del sur, le habían cerrado el paso, y la observaban con el rostro colérico y los arcos cargados. Su destino estaba sellado: moriría aquel día. Poco importaba si les revelaba a sus hijos ...

Terror en el agua

–¡No se acerquen al río! Al menos no esta noche – dijo el Capitán Amacopilli en un tono que no admitía discusión. Los guerreros inclinaron la cabeza y se dieron la vuelta decepcionados. Esperaban relajarse un poco en el agua después del entrenamiento de aquel día. Amacopilli los miró fijamente hasta que todos abandonaron la pequeña playa. Era su deber como noble y campeón, proteger la vida de sus soldados, incluso del daño que pudieran provocarse ellos mismos. Cuando estuvo bien seguro de que ya nadie permanecía en el lugar, le dio la espalda al rio y respiró muy hondo. Está campaña lo estaba agotando. A sus 45 años le era cada vez más difícil ponerse el casco de águila y saltar como un loco en la primera línea del campo de batalla. Tal vez después de conquistar este último bastión totonaca el venerable Huey Tlatoani le permitiera retirarse y vivir una vida apacible en su casa a las faldas del ancestral Popocatépetl. Si, soñaba con un futuro mejor, uno donde la guerra fuera so...

La noche en que el león conoció al jaguar

<<México-Tenochtitlan, 30 de Junio de 1520>> Regimientos completos de hombres blancos y guerreros texcaltecas huían en desbandada por las calles de Tenochtitlan. Presas del pánico y el miedo, corrían despavoridos en dirección hacia Tlacopan, donde esperaban reagruparse para efectuar la más cobarde de las retiradas. Mi madre nos permitió observar el intento de escape de los farsantes pálidos desde una de las ventanas de nuestra casa. Ella misma se permitió arrojar algunas piedras durante el caos reinante de aquella cálida noche. Recuerdo que mi hermano y yo reímos cuando una de esas rocas le pegó en la cabeza a una de sus enormes bestias de largas patas. El hombre que montaba a aquel monstruo cayó estrepitosamente al suelo. Intentó levantarse, pero jamás lo logró. Uno de nuestros nobles Cuauhpilli descendió sobre él y le atravesó la garganta con su lanza. El hombre blanco ni siquiera pudo dar un último aullido de dolor. Tan pronto como su cuerpo dejó de respirar...

Promesa cumplida

Lamento haber tardado tanto, pero mi viaje fue largo y tortuoso. Recorrí miles de estrellas en busca de la verdad, conocí centenas de mundos diferentes en los que me llamaron de millones de formas distintas y salté de planeta en planeta esquivando numerosos asteroides que amenazaban con terminar mi existencia. En el proceso regué mis plumas turquesa por el espacio dando nacimiento a nuevas y numerosas estrellas en el firmamento. Mi piel se deshizo y rehízo infinitas veces, consumiéndose tantas veces en el vació espacial que llegó un día en que incluso olvidé mi propio nombre. Fueron sus plegarias y alabanzas viajando a través del cosmos las que lograron sacarme de aquel cuasi eterno sopor. Si, mis queridos hijos, aun tan lejos de ustedes, logré escucharlos. Sus gritos taladraron mis oídos de serpiente, y sus numerosos rezos se adhirieron a mi piel reconstruyendo una a una todas mis plumas. Decenas de cometas y meteoros pasaron frente a mí mientras descifraba su curioso mensaj...

Guerrera

–¡Puja, Tzitzitlini! ¡Puja! – dijo una mujer con el ceño fruncido y la frente llena de sudor. –¡Eso hago, tene! ¡Eso hago! Pero siento que la cabeza me estallará en cualquier momento –respondió la joven que se hallaba en plena labor de parto, tendida sobre el áspero manto de arpillera. –¡Puja, mi “florecita”, ya casi lo logras! ¡Es tu primera semilla en este mundo! ¡Puja! –Ya ha transcurrido mucho tiempo, tene. ¿Segura que todo está bien? Me estoy sintiendo mareada… Tene, ¿qué está pasando? Ya casi no la veo… Un inesperado manto de sombras cubrió los ojos de la jovencita. En apenas un instante perdió la noción del tiempo y el espacio. Sus dolores, antes insoportables, ahora le parecían ajenos y  lejanos, como un sueño imposible de recordar. Las instrucciones de su vieja madre, alguna vez claras y sonoras, se habían convertido en un simple murmullo ahogado en la inmensidad. Y su cuerpo, que hace solo unos segundos ardía en fiebre y amenazaba con resquebrajarse, ahora solo flota...

El conejo que engañó al sol

Hubo un tiempo en que el Anáhuac no tenía noches y cada instante del día estaba iluminado por el sol abrasador. Los lagos se secaban muy rápido, y las débiles lluvias no lograban llenarlos con la frecuencia necesaria. Las plantas nunca llegaban a ser de color verde, y los animales solo podían comer raíces y tallos con hojas prácticamente secas. Incluso aquellos que comían carne echaban de menos el agua disponible para tomar, pues cada que pasaban un bocado de carne se les atoraba en el pescuezo. Fue entonces cuando el poderoso Jaguar organizó una gran reunión. Bajo pleno rayo del sol, se dieron cita todos los animales del Anáhuac. Estaban ahí la tortuga y el coyote, el tlacuache y el armadillo, la serpiente y el halcón peregrino. También la hormiga, el noble perro y por supuesto, el pequeño conejo. Junto a ellos, muchos más esperaban con ansía escuchar lo que tenía que decir el jaguar. El felino pidió silenció. Todos lo miraban confusos. Aunque tenían grandes expectativas sobre l...

El corazón de la montaña

A veces me come el olvido.  Pasan días sin que me percate de la salida de la luna o la puesta del sol. Frecuentemente me sorprendo mirando con desgano al horizonte, como deseando la muerte, aún a sabiendas de que esa no es opción para un dios. Lloro lágrimas de sal y dejo escapar furiosos rugidos con la esperanza de que alguien vuelva a escucharme. Pero nada pasa. Ya nadie presta sus oídos al dios jaguar, al señor del corazón de la montaña, al alguna vez todopoderoso Tepeyollotl. Suspiro y observo con apatía el exterior de mi cueva. Ante mis ojos nada ha cambiado. La selva permanece abundante, los insectos continúan su vuelo incesante e intrascendente, el quetzal no deja de cantar y los tapires no paran de andar. Sin embargo, ya nadie viene a visitarme. Ya ningún corredor atraviesa las laderas de la montaña con una canasta a cuestas. Ya no hay mensajeros ansiosos con rollos de palabras pintadas en viejos bolsos de arpillera. Tampoco se dejan ver los niños traviesos correteand...