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Mostrando las entradas etiquetadas como Anáhuac

La noche en que el león conoció al jaguar

<<México-Tenochtitlan, 30 de Junio de 1520>> Regimientos completos de hombres blancos y guerreros texcaltecas huían en desbandada por las calles de Tenochtitlan. Presas del pánico y el miedo, corrían despavoridos en dirección hacia Tlacopan, donde esperaban reagruparse para efectuar la más cobarde de las retiradas. Mi madre nos permitió observar el intento de escape de los farsantes pálidos desde una de las ventanas de nuestra casa. Ella misma se permitió arrojar algunas piedras durante el caos reinante de aquella cálida noche. Recuerdo que mi hermano y yo reímos cuando una de esas rocas le pegó en la cabeza a una de sus enormes bestias de largas patas. El hombre que montaba a aquel monstruo cayó estrepitosamente al suelo. Intentó levantarse, pero jamás lo logró. Uno de nuestros nobles Cuauhpilli descendió sobre él y le atravesó la garganta con su lanza. El hombre blanco ni siquiera pudo dar un último aullido de dolor. Tan pronto como su cuerpo dejó de respirar...

El beso de la luna

Tras cuatro años de sangrientas y crueles batallas, los feroces mexicas de Ahuizotl habían logrado conquistar Akapulko, un hermoso bastión Yope, caracterizado por su exuberante belleza natural y su armoniosa comunión con el profundo mar. Aunque derrotados, los Yope se negaban a ser avasallados; aceptarían el gobierno mexica, pero solo si de alguna manera formaban parte de él. Agotado por tan larga campaña, Ahuizotl decidió ceder a la petición de los habitantes de la costa y propuso sellar la alianza-vasallaje con un matrimonio: el jefe Yope debía ceder a su hija “Flor de otoño” al joven hermano del Huey Tlatoani, el valeroso Cuauhtlahuac. Ambos gobernantes vieron con buenos ojos el trato, y la boda se pactó para ser llevada a cabo en 60 días (el tiempo que le llevaría a Cuauhtlahuac ordenar sus asuntos en Tenochtitlán y trasladarse a la costa, para allí desposar a la que sería su nueva compañera). Una vez más los viejos habían decidido el futuro de los jóvenes, ignorando por c...

Mi casa

El armadillo avanzaba con paso cansado, llevar su casa a cuestas era una tarea en extremo agotadora. Resoplaba a cada paso, y de vez en cuando sacudía la cabeza para dejar caer las recurrentes gotas de sudor que se amontonaban en su cara. El coyote lo observó pasar y sintió un poco de pena al mirar su expresión fatigada y agobiada. Decidió caminar a su lado y explicarle cuán equivocado estaba. Finalmente se emparejó con el cansino paso del armadillo y dijo: –No deberías llevar tu casa a todos lados. Cuando sales al campo debes dejar todo atrás, especialmente tu hogar. Después de dedicarle una mirada comprensiva, el armadillo respondió sin dejar de caminar: –La gran ventaja de cargar siempre con mi casa, es que sin importar donde me encuentre, allá donde vaya, siempre estará mi hogar. Y eso, mi peludo amigo, jamás lo cambiaría por nada. Original de J.D. Abrego "Viento del Sur"

Juegos de guerra en Tollan

–¡Atención! Todos los cadetes deben reportarse de inmediato al centro de la nave nodriza. El descenso de la capsula de batalla “Serpiente Emplumada” iniciará en menos de 4 medidas temporales. ¡Rápido, no hay tiempo que perder! – ordenó una voz robótica que parecía venir de todas partes. Ce no dudó ni un instante en seguir las indicaciones del omnipresente comandante androide, y rápidamente se ajustó el traje de combate que le permitiría controlar vía neural a su máquina bélica de entrenamiento, el poderoso “Atlante”, hecho de granito de asteroide y metal sideral. Un par de figuras conocidas comenzaron a seguirlo cuando apenas se dirigía al túnel principal de la nave nodriza; eran Tol y Huit-5, su mejor amigo y robot asistente, respectivamente. Sonrió al verlos y apretó el paso; no deseaba llegar a tarde a sus décimos juegos de guerra, ya que si todo salía bien en esta edición, obtendría el grado de Teniente de escuadrón, y sería asignado a vigilar un cuadrante espacial d...

El conejo que engañó al sol

Hubo un tiempo en que el Anáhuac no tenía noches y cada instante del día estaba iluminado por el sol abrasador. Los lagos se secaban muy rápido, y las débiles lluvias no lograban llenarlos con la frecuencia necesaria. Las plantas nunca llegaban a ser de color verde, y los animales solo podían comer raíces y tallos con hojas prácticamente secas. Incluso aquellos que comían carne echaban de menos el agua disponible para tomar, pues cada que pasaban un bocado de carne se les atoraba en el pescuezo. Fue entonces cuando el poderoso Jaguar organizó una gran reunión. Bajo pleno rayo del sol, se dieron cita todos los animales del Anáhuac. Estaban ahí la tortuga y el coyote, el tlacuache y el armadillo, la serpiente y el halcón peregrino. También la hormiga, el noble perro y por supuesto, el pequeño conejo. Junto a ellos, muchos más esperaban con ansía escuchar lo que tenía que decir el jaguar. El felino pidió silenció. Todos lo miraban confusos. Aunque tenían grandes expectativas sobre l...

La que come porquería

El reloj marca las once de la noche. El padre Servando guarda afanosamente los implementos que ha usado en este domingo de misa. El cáliz se le resbala por los viejos dedos y al verlo en el suelo maldice en voz alta. Como todos se han marchado ya, un par de groserías bien justificadas no importan. Alza la copa y aprovecha para beber otro sorbo de vino de consagrar, después de todo, ha sido un día pesado y ese último trago está bien merecido. Suspira. Se retira los lentes con la mano izquierda y soba el puente de su nariz. Ojala hubiera aprovechado la oportunidad que tuvo para hacerse la operación con láser. El doctor Vázquez iba a absorber todos los gastos a cambio de tan solo absolverlo de unos cuantos pecados. Pero quiso más y aparte de la operación exigió un “pequeño dinerito” a cambio de la absolución. El doctor prefirió vivir en la infamia que pagar el precio del cielo. Tonto. ¿Cómo pudo atreverse a desdeñar la oportunidad de la redención? piensa el Padre Servando mientras se ...

Yoali Ehecatl

Aquella noche el viento soplaba en dos direcciones, siempre encontradas entre sí.  Ambas corrientes colisionaban con tal fuerza, que la misma luna abandonó el cielo y se escondió tras las nubes llena de miedo. La abuela miraba atenta al firmamento, y cada vez que los vientos chocaban murmuraba dos nombres: Yoali Ehecatl y Quetzalcóatl. Sus ojos se movían veloces, respondiendo a cada movimiento; nunca la creí capaz de semejantes reflejos, es más, no consideré siquiera que tuviera energía para permanecer despierta más allá del ocultamiento del sol. De repente decía: ¡Ayya! y sus dientes castañeaban sin razón aparente. No pude más; decidí interrumpirla y preguntarle que estaba sucediendo. Cuando posé mi mano en su hombro, las hojas de cien árboles se unieron a las furiosas corrientes. No estaban ordenadas al azar: parecían las plumas de una armadura de Campeón, adornando majestuosas cada centímetro de un guerrero invisible. Tal vez mi imaginación me engañó, pero casi podr...