Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como México

En el despacho del virrey

—¡La real audiencia da inicio! — exclamó un hombre enjuto y de ademanes delicados. Con pasmosa lentitud, los funcionarios se dispusieron a entrar en el gran salón, lugar predilecto del virrey para llevar a cabo las juntas de gobierno. Si bien todos hubieran preferido que la audiencia se llevara a cabo en uno de los jardines del Palacio Real, prudentemente guardaban silencio sobre sus predilecciones; el virrey —o uno de sus tantos oídos— podía escucharlos y exiliarlos a Alaska o las Filipinas, lugares de donde se contaba, uno ya no volvía nunca. —¡Su alteza, el virrey, preside! —avisó el hombrecillo de los gestos suaves. Todos se pusieron de pie para recibir a la máxima autoridad de la Nueva España. Falsas sonrisas brotaron de la nada apenas subió al estrado. Innecesarias loas y burdos halagos se hicieron presentes también. El virrey, cansado de tanta zalamería, fingió no escuchar nada y tomó con desprecio el pliego de papel que contenía las ordenanzas del día. Prime...

Exilio

-1911, a bordo del buque "Ypiranga"- —¿Tú crees todo eso que dicen de mí, Carmelita? —¿A qué te refieres, viejo?—respondió la mujer, sin dejar de mirar el vasto horizonte. Porfirio suspiró muy hondo y fijó la mirada en el piso, como avergonzado de la pregunta que recién había formulado. La verdad era que no sabía por donde empezar... Se decían tantas cosas de él, que resultaba prácticamente imposible elegir una para dar inicio a la conversación. —¿Viejo? — inquirió su esposa, al momento en que lo sujetaba suavemente del brazo—¿Estás bien? —Sí, sí... Discúlpame, Carmelita. Es solo que... Me cuesta trabajo creer que fui obligado a abandonar mi querido México. —Tú no abandonaste a tu país, Porfirio, tu país te abandonó a ti... Que no se te olvide nunca. El anciano esbozó una media sonrisa y luego se frotó con delicadeza las mejillas. Le dolían mucho las encías, y tareas tan simples como sonreír o hablar lo agotaban en extremo. —¿En verdad le hice tanto daño a México...

Una flor revolucionaria

Todavía tengo un poco de sangre seca en la piel y la ropa, producto de la última escaramuza que sostuvimos con los federales. Ni siquiera recuerdo en qué momento se terminó el combate, solo tengo imágenes vagas y dispersas flotando en la cabeza, en las que manchones cafés huían despavoridos de mi “improvisado” ejercito, ese que el gobierno llama despectivamente “una turba de viejas argüenderas”, y que ha demostrado ser mucho más que un simple grupo de mujeres encabronadas; ha probado incluso ser una armada más peligrosa y letal que los “disciplinados” ejércitos de hombres del poder federal. Ya los quisiera ver, a esos pelados de uniforme planchado y gorrita almidonada, haciendo lo que mis mujeres y yo hemos logrado hacer: repeler una y otra vez a militares y bandidos por igual, tomar ciudades a punta de rifle y machete, y sobre todo, recordarle a la mujer que no vino a esta tierra para ser un adorno, sino más bien para brillar, y con su propia luz, no con el pálido reflejo de lo que...

Blanco, verde y rojo

Blanco, verde y rojo –¡Cuidado, hermana Consuelo! Nomás hay que asar los chiles, ¡no chamuscarlos! ¬– exclamó la madre Agustina, que vigilaba de cerca toda la actividad en la cocina sin descuidar el meticuloso pelado de las nueces de Castilla. –¡Perdón, madre! Pero es que me pone muy nerviosa el saber que nos visitará el General Iturbide… –Pues nerviosa o no–advirtió la monja superiora–, debes de poner el máximo empeño en la cocina. Recuerda que el fuego es voluble, y en segundos pasa de ser diligente amigo a fiero enemigo. La religiosa asintió con presteza y fijó la vista en las flamas rojiazules que despedía el fogón. Junto a ella, la hermana Beatriz cortaba fruta a gran velocidad. Plátano macho, durazno y manzana formaban pequeños montones sobre la superficie de una vieja tabla para picar que había visto mejores tiempos. El olor que despedía la fruta fresca invadió la habitación, y pronto se mezcló de forma muy singular con el aroma que emanaba de los enormes chiles asados. ...

¿Quién será el siguiente?

¿Quién será el siguiente? -Ciudad de México, 2041- –Dígame, Sr. Vazquez, ¿por qué A.D.E.L.A? – inquirió uno de los miembros más viejos del consejo, el que acostumbraba usar corbata de moño con detalles prehispánicos. –Es un acrónimo. Significa “Analista de Desempeño Estadístico Lineal Avanzado”. Las risas se apoderaron del salón. No hubo un solo miembro del consejo que no riera ante la “ocurrencia” de Leandro Vazquez, el asesor estrella de “Soluciones Informáticas Kukulcán”. Inclusive algunas de las malintencionadas risas desembocaron en carcajadas. Como  buen Vendedor, Leandro supo mantener el temple y aguardar por el final de las infundadas burlas. Cuando los directivos se cansaron de reír, esbozó su mejor sonrisa y retomó su discurso: –Y, evidentemente, tomamos el mito de la “Adelita” como inspiración para crear a nuestro robot. Al igual que la legendaria soldadera, nuestra A.D.E.L.A es capaz de soportar interminables jornadas de trabajo y solicitudes extenuantes, lidia...

Una noche para la venganza

Al fin, después de tantos años, puedo mirarlo a los ojos una vez más. Solo que en esta ocasión, todo será diferente. La última vez me tuve que comer mi coraje. Saturé mis venas de decepción e impotencia, y aunque tenía ganas de llorar a moco tendido, me aguanté como los machos y no dejé escapar más que una sola lagrima. Y esa fue suficiente para que ese infeliz me llamara "chamaco chillón". Todavía recuerdo la risa de ese tipo nefasto señalándome. Lo miré a los ojos y todo quedó bien claro. El no sentía el más mínimo remordimiento por haber matado a mi papá. "Así eran las luchas" dijo. Se dio la vuelta y se encaminó a los vestidores como si nada hubiera pasado, mientras mi papá yacía tirado en el suelo, con un charco de sangre rodeando su cabeza. La prensa se dividía entre los que querían fotografiar al nuevo campeón de los pesos pesados y los que querían llenar la primera plana de sus diarios con una imagen del todavía fresco cadáver. Así eran las luc...

Águilas Aztecas

Los  mexicanos no apreciamos el valor de nuestra patria hasta que estamos fuera de ella, y no nos damos cuenta de lo grande que es el país hasta que un río, desierto o mar nos separa de él; somos incapaces de valorar lo maravilloso que es este suelo hasta que ya no podemos pisarlo, y no valoramos la magia de esta tierra hasta que las lágrimas se nos escurren por el rabillo del ojo al saber que ya no podemos volver. Lo sé muy bien porque eso me pasó a mí hace ya algunos años, cuando formaba parte de la recién creada Fuerza Aérea Mexicana. En aquel lejano 1944 mi vida se vislumbraba sencillamente asombrosa;  era uno de los primeros pilotos de guerra mexicanos, y solo si el futuro se oscurecía, entraríamos en combate contra la Alemania Nazi y sus aliados del “Eje”. Pronto nos convertimos en la envidia de todos los cuerpos militares del país: éramos un grupo selecto de menos de 300 personas que conformaban la élite más exclusiva del ejército mexicano. Entrenamos durante m...

La última noche de Morelos

—¡Ponte en pie, José María!—exclamó una voz. Era imposible, estaba solo dentro de aquel calabozo. ¿Quién podría ser el autor de tal arenga?  Levanté la cara con desgano y miré alrededor. No alcanzaba a ver  a nadie. Ni una sola alma se presentaba ante mis ojos. Suspiré aliviado. No necesitaba otra ronda de torturas de esos perros inquisidores. La última vez el objetivo habían sido mis piernas. Las tenía tan mancilladas por los latigazos, que me era muy difícil siquiera ponerme en pie para sentarme en la vieja banca de madera que “adornaba” mi celda. Así que opté simplemente por apoyarme en ella con los brazos cruzados. Era el refugio perfecto para mi maltrecha cabeza. — ¡Levántate José María! ¡Tu pueblo te necesita! Otra vez la voz. ¿Mi pueblo? ¿Cuál pueblo? Los acababa de traicionar apenas hace dos noches. Me rasparon las manos hasta dejarlas en carne viva. Cada movimiento de las navajas sobre mis palmas me había obligado a delatar pequeños detalles del movimiento d...

Murió por la patria

Veracruz, 1914. Segunda invasión norteamericana —¡A las armas! ¡A las armas, he dicho! – ¿A las armas? Sí, creo que eso fue lo que escuché. Tragué saliva e inhalé tanto aire como fui capaz. Todo parecía indicar que nuestros temores sobre la invasión se habían hecho realidad. Qué curioso es este mundo. Hace tan solo unos momentos Carlos y yo estábamos limpiando nuestras armas, y ahora un grito salido de la nada nos invita a tomarlas y disparar. Nos miramos el uno al otro y asentimos fríamente. No queríamos que el temor de nuestros corazones se nos escapara por los ojos, así que inmediatamente nos pusimos en pie y corrimos hacia la entrada del edificio. El comodoro Manuel Azueta agitaba las manos con gran vehemencia. Señalaba insistentemente con dirección al puerto y gesticulaba furioso cada vez que alguien le hacia una pregunta. El capitán Carrión le miraba fijamente sin perder detalle. Cuando vio que la narración del comodoro había terminado, lo invitó a su oficina y cerra...