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Mostrando las entradas etiquetadas como dioses

Teyolîtectiliztli

Hoy no veo poesía a mi alrededor. No me enerva el perfume de las flores ni me maravilla el canto del cenzontle. No me atrae la belleza del amanecer. Tampoco generan emoción en mí la risa de los niños o las dulces voces de las doncellas. Hoy no veo poesía en ninguna parte. Quizá todas las flores se han marchitado. Tal vez todos los sueños se hicieron polvo y volvieron a la tierra suelta. ¡No sé! Y me enfurece no saber. ¿A dónde han ido los colores y las canciones? ¿Por qué han dejado de pasear las estrellas por el firmamento? ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? ¿O seré yo quién ha perdido la razón? Echo a andar por el palacio y no veo nada que me devuelva la inspiración. Solo me rodea la arrogancia del hombre, que se envanece transformando la piedra vulgar en escultura ejemplar.  Sin importar a donde mire, la influencia terrenal domina la escena, recordándome – muy a mi pesar– que vivo y moriré en un burdo mundo material. ¿Dónde están los dioses que dieron forma al ...

Jurakán

Jurakán ¿Quién me ha despertado? ¿Por qué han interrumpido mi sueño? ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora? No logró comprender qué está ocurriendo. Me siento lleno de fuerza y vigor, pero también de furia, ansiedad, y rencor… La cabeza me da muchas vueltas; ¿Qué ha pasado durante este tiempo? ¿Cuántas eras permanecí dormido? ¿Una? ¿Dos? ¿O tal vez solo fue un instante? Un minúsculo parpadeo divino, una breve siesta cósmica, un pequeño descanso bien merecido… ¿Será? ¿En verdad he vuelto a la vida? ¿O solo se trata de una burda ilusión? Un juego, una patraña, una más de las ingratas mentiras humanas… No, esta vez es diferente, puedo sentirlo; centenas de imponentes nubes flotan a mi alrededor, formando círculos perfectos en torno a mi persona; poderosos y veloces vientos oscilan entre mis brazos y torso, haciéndome sentir nuevamente como el magnífico dios que una vez fui: el gigante de una sola pierna, la bestia que hacia girar al viento y la lluvia, el amo del caos y la destrucción: El ...

La que come porquería

El reloj marca las once de la noche. El padre Servando guarda afanosamente los implementos que ha usado en este domingo de misa. El cáliz se le resbala por los viejos dedos y al verlo en el suelo maldice en voz alta. Como todos se han marchado ya, un par de groserías bien justificadas no importan. Alza la copa y aprovecha para beber otro sorbo de vino de consagrar, después de todo, ha sido un día pesado y ese último trago está bien merecido. Suspira. Se retira los lentes con la mano izquierda y soba el puente de su nariz. Ojala hubiera aprovechado la oportunidad que tuvo para hacerse la operación con láser. El doctor Vázquez iba a absorber todos los gastos a cambio de tan solo absolverlo de unos cuantos pecados. Pero quiso más y aparte de la operación exigió un “pequeño dinerito” a cambio de la absolución. El doctor prefirió vivir en la infamia que pagar el precio del cielo. Tonto. ¿Cómo pudo atreverse a desdeñar la oportunidad de la redención? piensa el Padre Servando mientras se ...

El corazón de la montaña

A veces me come el olvido.  Pasan días sin que me percate de la salida de la luna o la puesta del sol. Frecuentemente me sorprendo mirando con desgano al horizonte, como deseando la muerte, aún a sabiendas de que esa no es opción para un dios. Lloro lágrimas de sal y dejo escapar furiosos rugidos con la esperanza de que alguien vuelva a escucharme. Pero nada pasa. Ya nadie presta sus oídos al dios jaguar, al señor del corazón de la montaña, al alguna vez todopoderoso Tepeyollotl. Suspiro y observo con apatía el exterior de mi cueva. Ante mis ojos nada ha cambiado. La selva permanece abundante, los insectos continúan su vuelo incesante e intrascendente, el quetzal no deja de cantar y los tapires no paran de andar. Sin embargo, ya nadie viene a visitarme. Ya ningún corredor atraviesa las laderas de la montaña con una canasta a cuestas. Ya no hay mensajeros ansiosos con rollos de palabras pintadas en viejos bolsos de arpillera. Tampoco se dejan ver los niños traviesos correteand...

Yoali Ehecatl

Aquella noche el viento soplaba en dos direcciones, siempre encontradas entre sí.  Ambas corrientes colisionaban con tal fuerza, que la misma luna abandonó el cielo y se escondió tras las nubes llena de miedo. La abuela miraba atenta al firmamento, y cada vez que los vientos chocaban murmuraba dos nombres: Yoali Ehecatl y Quetzalcóatl. Sus ojos se movían veloces, respondiendo a cada movimiento; nunca la creí capaz de semejantes reflejos, es más, no consideré siquiera que tuviera energía para permanecer despierta más allá del ocultamiento del sol. De repente decía: ¡Ayya! y sus dientes castañeaban sin razón aparente. No pude más; decidí interrumpirla y preguntarle que estaba sucediendo. Cuando posé mi mano en su hombro, las hojas de cien árboles se unieron a las furiosas corrientes. No estaban ordenadas al azar: parecían las plumas de una armadura de Campeón, adornando majestuosas cada centímetro de un guerrero invisible. Tal vez mi imaginación me engañó, pero casi podr...