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El juicio

–¡Qué el acusado suba al estrado! – exclamó el juez, con voz ronca y determinada. Adán fue empujado con violencia hacia el banquillo de los acusados, y trastabilló sin querer en el primer escalón. Las risas no se hicieron esperar. Estaba claro que los asistentes al proceso no estaban de su lado. Con la respiración entrecortada y el rostro cubierto por una bolsa negra de plástico, Adán intentaba deducir qué estaba ocurriendo a su alrededor. Nadie le decía nada, y cada pregunta que pretendía hacer era interrumpida por un golpe seco o un espeso escupitajo. Quizá el “juez” le revelara algo cuando por fin alcanzara el estrado… –Tranquilo, amigo. Te acompañaré durante todo el juicio. No te prometo la victoria –de hecho, tendremos suerte si salimos de aquí con vida– pero si te juro que te defenderé hasta el último aliento. –¿Quién carajo eres tú? –preguntó Adán, confundido. –Tu abogado. –¿En serio? ¿Y cómo te llamas? –Magnus. –¡Tienes que estar bromeando! – exclamó–. Magnus es el ...

Le llamaban Cristóbal de Olea

-México-Tenochtitlan, 30 de junio de 1520- –¿Habéis visto al Capitán? – preguntó el muchacho, desconsolado. –No– respondieron a coro tres soldados que se afanaban en rescatar a un caballo que estaba a punto de ahogarse en el lago. Tras la escueta respuesta, el joven agradeció con una leve inclinación de cabeza y corrió como un loco hacia el lugar del que todos huían. Debía encontrar al Capitán y ponerlo a salvo, aun a riesgo de poner en peligro su propia vida. Entre jadeos, decidió prescindir del yelmo y prosiguió la temeraria marcha con la cabeza descubierta. En el camino encontró a dos fieros “mejicas” con trajes marrón y un casco en forma de cono que los hacía parecer más altos de lo que eran en realidad. Armados con imponentes “macahuil” y protegidos por escudos de plumas, se lanzaron al ataque apenes notaron su presencia.  Con el miedo haciendo presa de cada palmo de su piel, Cristóbal apretó los dientes y gritó “Santiago” para darse valor y hacer frente a amb...

Teyolîtectiliztli

Hoy no veo poesía a mi alrededor. No me enerva el perfume de las flores ni me maravilla el canto del cenzontle. No me atrae la belleza del amanecer. Tampoco generan emoción en mí la risa de los niños o las dulces voces de las doncellas. Hoy no veo poesía en ninguna parte. Quizá todas las flores se han marchitado. Tal vez todos los sueños se hicieron polvo y volvieron a la tierra suelta. ¡No sé! Y me enfurece no saber. ¿A dónde han ido los colores y las canciones? ¿Por qué han dejado de pasear las estrellas por el firmamento? ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? ¿O seré yo quién ha perdido la razón? Echo a andar por el palacio y no veo nada que me devuelva la inspiración. Solo me rodea la arrogancia del hombre, que se envanece transformando la piedra vulgar en escultura ejemplar.  Sin importar a donde mire, la influencia terrenal domina la escena, recordándome – muy a mi pesar– que vivo y moriré en un burdo mundo material. ¿Dónde están los dioses que dieron forma al ...

El ángel de la paz

                                                          -Portugal, 1916- –¿Y dices que el mismísimo Señor de lo visible y lo invisible te ha enviado? – preguntó incrédula la joven pastora. – ¡¿Por qué habría de mentirles, mi pequeña y dulce niña?!  –Hay algo en ti que no me acaba de gustar… ¿en serio eres un ángel? –¡Juzga por ti misma! La chiquilla miró al hombre con detenimiento y comprobó que su estampa en verdad coincidía con lo que ella y su hermano habían aprendido en la iglesia. La piel blanca, los ojos azules, la túnica impoluta, el largo cabello rubio y las inconfundibles alas eran señales inequívocas; aquel muchacho debía de ser un ángel del Señor. Sin embargo, tras el deslumbrante brillo que manaba de sus ojos, había algo que la invitaba a desconfiar. Suspiró y rezó un par de “Aves María” en silencio. El ...

Risas entre las ramas

–Entonces, ¿dice que en este sitio fue donde se vio a los niños por última vez? – inquirió  con gesto circunspecto el agente Valdivia, evidentemente sumido en sus cavilaciones. –Sí, sí, segurísimo, aquí fue –respondió el anciano jardinero, sujetando un viejo rastrillo para hojas con las manos temblorosas. Lorenzo Peña frunció el ceño apenas oyó la respuesta.  Él, a diferencia de su compañero Lauro Valdivia, odiaba estos casos raros sin explicación lógica. Prefería las indagaciones periciales posteriores a los asaltos a negocios o autobuses, donde se sentía más cómodo caminando entre cadáveres y manchas de sangre. Tratar con sujetos desaparecidos de rastro escaso o nulo simplemente no era lo suyo. Suspiró muy hondo y luego fijó la mirada en el suelo. Había pequeñas pisadas frescas en el lodo que rodeaba a aquel enorme árbol de eucalipto. Eran las huellas de diminutos “tenis” que parecían ir en todas direcciones, igual que si un grupo de infantes hubiera estado j...

Ḕ tā̀n ḕ epì tâs

El carro de Apolo iniciaba su brillante marcha a lo largo del cielo, y las tinieblas retrocedían cobardes a cada paso del dios sol. La penumbra cedía el dominio a la luz, y el horizonte, antes negro, se volvía púrpura y naranja. Cobijada por el lento pero inexorable avance de la radiante carroza divina, una mujer espartana caminaba orgullosa. Tras ella marchaba su primogénito. El semblante del muchacho, lleno de aflicción y duda, dejaba entrever una creciente desesperanza. Beocia sería el próximo destino del joven, y Tebas el enemigo que encontraría ahí. Todos le habían felicitado por su reciente inclusión en la infantería, pues dicho honor no era poca cosa; argumentaban que considerando su edad, el logro debía ser más que celebrado. Contrario al pensamiento colectivo, el muchacho no se alegraba por tal acontecimiento. La muerte de su padre en el campo de batalla aún yacía fresca en su mente, y la sola idea de dejar sola a su madre en la fría Esparta le llenaba de pena. Sí...